En los últimos días, la atención nacional se ha concentrado en nuestra ciudad. Desafortunadamente, es otra vez la delincuencia la que hace girar los ojos del país hacia Trujillo.
Un informe elaborado por Ricardo Uceda inició una cadena de artículos periodísticos que deslizan una conocida (y casi confirmada) tesis: en Trujillo opera un escuadrón de la muerte. Sus víctimas hacen un número de 56.
Según las conclusiones de la investigación de Uceda, este escuadrón opera con el apoyo económico de algunos empresarios locales, el consentimiento político, y la dirección policial. Además, de la tácita aprobación de un importante sector de la población.
Frente al entusiasmo que este modus operandi despierta, es necesario advertir los daños colaterales, y no deseados, de este, aparentemente, bien elaborado plan. No es nuestra intención hacer un análisis deontológico. Si en cambio, observar, desde otra perspectiva, las consecuencias del accionar de este grupo mortal. Si existiera.
La estrategia de la eliminación como estrategia de reducción de la criminalidad no es, en modo alguno, novedosa. Ni siquiera reciente.
La desaparición forzada a manos de efectivos del orden terminará, tarde o temprano, generando una respuesta violenta de parte del bando afectado. La desaparición de actores delictivos de mayor edad, aceleraría la aparición de adolescentes (criminales) en busca de venganza. Dando inicio a una guerra sin cuartel donde no puede haber ganadores.
Tal vez, usted, apreciado lector, pensará que ver al hampa enfrentándose abiertamente al cuerpo policial es una idea afiebrada. Ojalá usted tuviera razón. Una ligera observación del panorama latinoamericano acabaría convenciéndolo.
En ciudades como San Pedro de Sula, Tegucigalpa o Bogotá han operado, según algunas versiones, dichos escuadrones de la muerte. El resultado, un tiempo después, fue el recrudecimiento de la inseguridad, precisamente como respuesta, no esperada, de quienes quebrantan la ley.
No pretendo hacer una defensa de quienes han hecho del delito su bandera. No hay nada más condenable que quienes cubren nuestra vida con las sombras del hampa. Nadie más que ellos merecen un castigo. Pero, el crimen como respuesta al crimen es un absurdo. Generará, tarde o temprano, un aumento no deseado del terror. Además de ser la excusa perfecta para que el narcotráfico pueda crear pequeños ejércitos privados de ajuste de cuentas.
La lógica del mal necesario es muy peligrosa. Bajo la misma, en los noventas, en Brasil, los escuadrones de la muerte cercaban e ingresaban a las favelas y asesinaban a todos sus miembros. Los asesinados en estas masacres eran: alcohólicos, meretrices, vagabundos y niños. Niños que serían, según los defensores de esta política, los futuros criminales del coloso Sudamericano. Por esos mismos años, en grandes manifestaciones, se podía visualizar carteles con frases como: ¡Brasil no nos asesines, somos tus hijos! ¡Brasil danos una oportunidad! ¡Brasil déjanos vivir!
Julio Corcuera Portugal



