De un tiempo a esta parte, la Universidad Nacional de Trujillo se ha convertido en el lugar preferido de cuanta orquesta o grupo musical sea convocado. Ante la ausencia de argumento que permita obtener votos (y no poco dinero), algunos grupos políticos de estudiantes han venido organizando este tipo de espectáculos. El argumento central de estos esbirros es que esta música está de moda o es lo que le gusta a la gente.
El argumento de la moda tiene una lógica absurda. Una casa superior de estudios no es, como quieren hacernos creer, un remedo de coliseo romano de pan y circo. Hasta hoy han sido grupos de cumbia los que fueron presentados, porque son famosos y populares -dicen- . A ese paso, en un tiempo no muy lejano, personajes de la calaña de Magaly Medina, Laura Bozzo, Susy Díaz o “Chiquito” Flores serán parte de alguno de estos eventos o apadrinarán alguna promoción.
¿Debe la universidad someterse al imperio de la moda y lo popular? ¿Alguien podría explicarnos de qué modo los bailes, fiestas y conciertos de grupos de moda contribuyen a lograr los fines de la universidad o al desarrollo académico de nuestra región?
La universidad debe ser la promotora de nuevas ideas y transformaciones tecnológicas, políticas y sociales. Y no una casa de estudios denigrada por estudiantes rentados, quienes confunden la educación superior con una agencia promotora de espectáculos.
¿Alguien imagina a las mejores universidades del mundo aplicando esta repulsiva política educativa? ¿Cabe en la mente de alguien pensar que Harvard promueva un concierto con Madona y Oxford, uno con Britney Spears? ¿Alguien puede imaginar a universidades como la del Pacífico, o la PUCP organizando algo parecido?
Tal vez no nos dimos cuenta de las consecuencias de este lúgubre camino. Anunciar con parlantes, un tico y un megáfono una fiesta popular no hace más que denigrar la imagen de la UNT y con ello la educación.
Esto no es solo contraproducente para los egresados que carga sobre su historial el sello de alma mater, sino que, afecta a los nuevos profesionales que pronto egresarán.
Las voces que promueven la privatización de la educación pública usan dos argumentos maquiavélicos: la universidad pública es mal administrada y sus estudiantes tienen la suficiente capacidad económica para aportar recursos en su educación. ¿No estamos dándoles la razón al equiparar la dirigencia política estudiantil a una promotora de espectáculos?
La universidad debe ser la luz en las tinieblas, la institución que nos permita mirar hacia adelante. La locomotora que nos lleve a los rieles del progreso. Aunque para ello tenga que ir contracorriente. Aunque para ello no deba ser popular o ir contra la moda. Quienes hemos visto cambiar nuestra vida gracias a la educación pública tenemos el deber de alzar nuestra voz de protesta. Tenemos el deber de evitar que las palabras del poeta Jean de la Fontaine se hagan ciertas: “La estupidez que se pone de moda es más peligrosa que cualquier ataque mortal”.
Julio Corcuera Portugal



